Tú no oprimas mis manos.
Llegará el duradero
tiempo de reposar con mucho polvo
y sombra en los entretejidos dedos.
Y dirías: «No puedo
amarla, porque ya se desgranaron
como mieses sus dedos».
Tú no beses mi boca.
Vendrá el instante lleno
de luz menguada, en que estaré sin labios
sobre un mojado suelo.
Y dirías: «La amé, pero no puedo
amarla más, ahora que no aspira
el olor de retamas de mi beso».
Y me angustiara oyéndote,
y hablaras loco y ciego,
que mi mano será sobre tu frente
cuando rompan mis dedos,
y bajará sobre tu cara llena
de ansia mi aliento.
No me toques, por tanto. Mentiría
al decir que te entrego
mi amor en estos brazos extendidos,
en mi boca, en mi cuello,
y tú, al creer que lo bebiste todo,
te engañarías como un niño ciego.
Porque mi amor no es sólo esta gavilla
reacia y fatigada de mi cuerpo,
que tiembla entera al roce del cilicio
y que se me rezaga en todo vuelo.
Es lo que está en el beso, y no es el labio;
lo que rompe la voz, y no es el pecho:
¡es un viento de Dios, que pasa hendiéndome
el gajo de las carnes, volandero!
Gabriela Mistral
miércoles, 9 de julio de 2014
martes, 8 de julio de 2014
“Primavera con una esquina rota” - Mario Benedetti
Lo esencial es adaptarse. Ya sé que a esta edad es difícil. Casi imposible. Y sin embargo. Después de todo, mi exilio es mío. No todos tienen un exilio propio. A mí quisieron encajarme uno ajeno. Vano intento. Lo convertí en mío. ¿Cómo fue? Eso no importa. No es un secreto ni una revelación. Yo diría que hay que empezar a apoderarse de las calles. De las esquinas. Del cielo. De los cafés. Del sol y, lo que es más importante, de la sombra. Cuando uno llega a percibir que una calle no le es extranjera, sólo entonces la calle deja de mirarlo a uno como a un extraño. Y así con todo. Al principio yo andaba con un bastón, como quizá corresponda a mis sesenta y siete años. Pero no era cosa de la edad. Era una consecuencia del desaliento. Allá, siempre había hecho el mismo camino para volver a casa. Y aquí echaba eso de menos. La gente no comprende ese tipo de nostalgia. Creen que la nostalgia sólo tiene que ver con cielos y árboles y mujeres. A lo sumo, con militancia política. La patria, en fin. Pero yo siempre tuve nostalgias más grises, más opacas. Por ejemplo, ésa. El camino de vuelta a casa. Una tranquilidad, un sosiego, saber qué viene después de cada esquina, de cada farol, de cada quiosco. Aquí, en cambio, empecé a caminar y a sorprenderme. Y la sorpresa me fatigaba. Y por añadidura no llegaba a casa, sino a la habitación. Cansado de sorprenderme, eso sí. Tal vez por eso recurrí al bastón. Para aminorar tantas sorpresas. O quizá para que los compatriotas que iba encontrando, me dijeran: «Pero, don Rafael, usted allá no usaba bastón», y yo pudiera contestarles: «Bueno, tampoco vos usabas guayabera». Sorpresa por sorpresa. Uno de esos asombros fue una tienda con máscaras, de colores un poco abusivos, hipnotizantes. No podía habituarme a las máscaras, aunque siempre fueran las mismas. Pero junto con la recurrencia de las máscaras, se repetía también mi deseo, o quizá mi expectativa, de que las máscaras cambiaran, y diariamente me asombraba encontrar las mismas. Y entonces el bastón me ayudaba. ¿Por qué? ¿Para qué? Bueno, para apoyarme cuando me asaltaba esa modesta decepción de todas las tardes, quiero decir cuando comprobaba que las máscaras no habían cambiado. Y debo reconocer que mi expectativa no era tan absurda. Porque la máscara no es un rostro. Es un artificio, ¿no? Un rostro cambia sólo por accidente. Quiero decir en su estructura; no en su expresión, que ésta sí es variable. En cambio, una máscara puede cambiar por miles de motivos. Digamos: por ensayo, por experimentación, por ajuste, por mejoría, por deterioro, por sustitución. Sólo a los tres meses comprendí que no podía esperar nada de las máscaras. No iban a cambiar esas empecinadas, esas tozudas. Y empecé a fijarme en los rostros. Al fin de cuentas, fue un buen cambio. Los rostros no se repetían. Venían hacia mí, y dejé el bastón. Ya no tenía que apoyarme para soportar el estupor. Quizá cada rostro no cambiara con los días, sino con los años, pero los que venían a mí (con excepción de una mendiga huesuda y tímida) eran siempre nuevos. Y con ellos venían todas las clases sociales, en autos impresionantes, en autitos modestos, en autobuses, en sillas de ruedas, o simplemente caminando. Ya no eché de menos el camino, montevideano y consabido, de vuelta a casa. En la nueva ciudad había nuevos derroteros. Derrotero viene de derrota, ya lo sé. Nuestra derrota no será total, pero es derrota. Ya lo había comprendido, pero lo confirmé plenamente cuando di la primera clase. El alumno se puso de pie y pidió permiso para preguntar. Y preguntó: «Maestro, ¿por qué razón su país, una asentada democracia liberal, pasó tan rápidamente a ser una dictadura militar?» Le pedí que no me llamara maestro. No es nuestra costumbre. Pero se lo pedí solamente para organizar la respuesta. Le dije lo consabido: que el proceso empezó mucho antes, no en la calma, sino en el subsuelo de la calma. Y fui anotando en el pizarrón los varios rubros, los períodos, las caracterizaciones, los corolarios. El muchacho asintió. Y yo leí en sus ojos comprensivos toda la dimensión de mi derrota, de mi derrotero. Y desde entonces regreso cada tarde por una ruta distinta. Por otra parte, ahora ya no vuelvo a una habitación. Tampoco es una casa. Es simplemente un apartamento, o sea, un simulacro de casa: una habitación con agregados. Pero la nueva ciudad me gusta, ¿por qué no? Su gente —menos mal— tiene defectos. Y es muy entretenido especializarme en ellos. Las virtudes —por supuesto también las poseen— generalmente aburren. Los defectos, no. La cursilería, por ejemplo, es una zona prodigiosa, en la que nunca acabo de especializarme. Mi bastón, sin ir más lejos, era un amago de cursilería, y sin embargo tuve que abandonarlo. Cuando me siento cursi, me desprecio un poquito, y eso es malísimo. Porque nunca es bueno despreciarse, a menos que existan fundadas razones, que no es mi caso.
Mario Benedetti
lunes, 7 de julio de 2014
Piedritas en la ventana
De vez en cuando la alegría
tira piedritas contra mi ventana
quiere avisarme que está ahí esperando
pero me siento calmo
casi diría ecuánime
voy a guardar la angustia en un escondite
y luego a tenderme cara al techo
que es una posición gallarda y cómoda
para filtrar noticias y creerlas
quién sabe dónde quedan mis próximas huellas
ni cuándo mi historia va a ser computada
quién sabe qué consejos voy a inventar aún
y qué atajo hallaré para no seguirlos
está bien no jugaré al desahucio
no tatuaré el recuerdo con olvidos
mucho queda por decir y callar
y también quedan uvas para llenar la boca
está bien me doy por persuadido
que la alegría no tire más piedritas
abriré la ventana
abriré la ventana.
Mario Benedetti - Cotidianas (1978-1979).
tira piedritas contra mi ventana
quiere avisarme que está ahí esperando
pero me siento calmo
casi diría ecuánime
voy a guardar la angustia en un escondite
y luego a tenderme cara al techo
que es una posición gallarda y cómoda
para filtrar noticias y creerlas
quién sabe dónde quedan mis próximas huellas
ni cuándo mi historia va a ser computada
quién sabe qué consejos voy a inventar aún
y qué atajo hallaré para no seguirlos
está bien no jugaré al desahucio
no tatuaré el recuerdo con olvidos
mucho queda por decir y callar
y también quedan uvas para llenar la boca
está bien me doy por persuadido
que la alegría no tire más piedritas
abriré la ventana
abriré la ventana.
domingo, 6 de julio de 2014
El sabor de un hombre - Slavenka Drakulic
Nunca hasta entonces para mí la muerte había estado tan próxima al placer. La idea de la muerte que se me aparecía antes de dormirme extenuada, era tan ligera y vaporosa como un tenue velo negro mecido por nuestro aliento. Morir así, fundidos en un minúsculo núcleo negro de eternidad. Si intentaba decir algo, él me tapaba la boca con la mano. Temía mis susurros, palabras que no pronunciaba pero que estaban ahí, entre los dos cuerpos húmedos inermes. Más tarde, cuando empezamos a cocinar juntos, nuestro tiempo dejó de estar limitado a la noche. Por el día en la cocina las palabras se transformaban en jugosos bocados de pierna de cordero asada, patatas, sopa de marisco, pescado en salsa de eneldo y tarta de chocolate. Era como si a través de la comida nos liberáramos del miedo a los malentendidos. Pero no había ningún modo, absolutamente ninguno, de que nos pudiéramos saciar el uno del otro. Cuando se lo mencioné, cuando le dije que nada podía aplacar mi hambre de él, me recitó a María Bonaparte. Comprendí sus palabras, aunque estaban en portugués: «O amor é o mais exigente, o mais difícil de satisfazer de nossos instintos. Temos fome e se podemos comer, a fome desaparece. Temos sede e se podemos beber, cessamos de ter sede. Temos sono e se dormimos nos despertamos dispostos. Assim repousados, saciados, despertos, não pensamos mais em comer, beber ou dormir, até que a necessidade de novo renasça. Mas a necessidade de amor é de uma tenacidade diferente. Parece com una sede de ninguém poderá satisfazer totalmente, nem mesmo pela posse física.»
Slavenka Drakulic, de El sabor de un hombre
Slavenka Drakulic, de El sabor de un hombre
sábado, 5 de julio de 2014
Gracias por el fuego - Mario Benedetti
(...)¿Quise esperar este instante a solas, sin prisa exterior y sin testigos, para decirme, con todas las letras, que estoy, enamorado? ¿A los cuarenta y cuatro años?
Quizás solo semienamorado. Porque ella dice que no, que no me quiere. Y para estar total, completa, y absolutamente enamorado, hay que tener plena conciencia de que uno también es querido, que uno también inspira amor. De modo que semienamorado. Pero ¿en que forma?
No como en la adolescencia, por supuesto que no. Entonces era una
especie de locura contenta, un frenesí, que llevaba en su propio énfasis
el germen de la autodestrucción, una suma de juego más sexo. Ahora es
otra cosa. El sexo está, claro, como no iba a estar. Dolores me atrae
físicamente. Me toca apenas, apoya una mano sobre mi brazo, no como un
gesto de amor sino como un simple acompañamiento de la conversación, y
siento en mí un estremecimiento, acuso inmediatamente recibo de esa piel
mansa, tibia, prometedora, que aplasta momentánea y suavemente los
vellos de mi antebrazo o de mi muñeca.
Pero hay mucho más. Mi conmoción interior es mas viva aun cuando me mira, que cuando me toca.
Pero hay mucho más. Mi conmoción interior es mas viva aun cuando me mira, que cuando me toca.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




